Los Stents recubiertos con medicamentos




Revista Cambio – Los revolucionarios ‘stents’ recubiertos con medicamentos, usados para ampliar las arterias, aumentan el riesgo de trombosis. HACE UN PAR DE DÉCADAS, la aparición de los stents fue una bendición para los pacientes que tenían obstruidas sus arterias. Estos dispositivos son mallas metálicas que se insertan en el interior de las coronarias con el fin de abrirlas y permitir así una mayor irrigación hacia el corazón.

stent

 Antes de que aparecieran, los cardiólogos generalmente usaban un diminuto balón, el cual arrastraban con una sonda desde la ingle hasta los vasos coronarios, donde lo inflaban para ampliar la abertura. El problema era que unas horas después de la angioplastia -como se llama esta operación- las arterias de muchos pacientes volvían a cerrarse porque el balón era retirado.

En teoría, el stent superaba el inconveniente: al quedarse adentro del organismo impedía que la arteria volviera a contraerse. Sin embargo, en la práctica se vio que hacia el primer semestre de uso, entre el 20 y el 30% de los pacientes presentaban un fenómeno llamado restenosis, es decir, padecían un nuevo estrechamiento de la arteria como consecuencia de la cicatrización provocada por la postura del stent. La solución de los laboratorios fue entonces la de recubrirlos con medicamentos para que el cuerpo no asumiera que había cuerpos extraños y no se presentara inflamación.

Sin embargo, un estudio presentado a comienzos del mes pasado en el Congreso Mundial de Cardiología, celebrado en Barcelona, España, ha encontrado que las cosas con este producto lanzado hace cuatro años, no marchan tan bien como parecía: a largo plazo los pacientes con stents medicados revelan un riesgo de trombosis superior al de quienes usan los convencionales. Y más aún: las trombosis en ellos son más letales (cerca del 30% fallece).

“Los DES (sigla en inglés de los stents medicados) se han colocado en seis millones de personas en el mundo, pero su seguridad a largo plazo y su eficacia todavía es desconocida”, declaró Salim Yusuf, especialista de la Universidad McMaster (Canadá). En concreto, se refería a la primera generación de los stents recubiertos con los medicamentos paclitaxel o sirolimus.

Por la misma vía, el mes pasado el diario estadounidense The Wall Street Journal recogía datos de la firma Boston Scientific -que lidera las ventas de este producto junto con Johnson & Johnson- en los cuales se mostraba que uno de cada 200 pacientes desarrolla un trombo entre los seis meses y los cuatro años posteriores a la implantación del stent. La farmacéutica incluso dio a conocer estos resultados a la Agencia de Medicamentos y Alimentos (FDA) de Estados Unidos para que se establezcan recomendaciones sobre el uso de este producto.

La comunidad médica estuvo a la expectativa de los resultados a largo plazo con los stents medicados, pues estaban recubiertos de sustancias muy potentes utilizadas también en pacientes con cáncer o con transplantes. “A dos o tres años, los pacientes tenían muy buenos resultados, pero luego se les comenzó a presentar trombosis tardía”, señala Jorge Mor, presidente del Colegio Colombiano de Hemodinamia.

Mor señala que el riesgo de trombosis está presente con cualquier tipo de stent, pues es un resultado natural del rechazo del organismo a un cuerpo extraño. La diferencia es el plazo en que se presenta según el dispositivo utilizado. “Después de un mes, el riesgo de trombosis con uno convencional es casi nulo porque ya ha terminado el proceso de cicatrización -dice el experto-. En cambio, con el medicado no siempre ocurre lo mismo: el stent puede quedar como si estuviera recién implantado”.

Los resultados comienzan a plantear la necesidad de evaluar más a profundidad los pacientes antes de ponerles un adminículo de estos. Más aún, cuando implantar los dispositivos recubiertos con medicamento iba camino de convertirse en una práctica generalizada. Hoy día en Estados Unidos son usados en el 90% de las intervenciones y su costo es cubierto por la seguridad social.

En Colombia, sólo el 15% de los stents que se ponen son medicados, pues el Plan Obligatorio de Salud sólo costea los convencionales, cuyo costo es de dos millones. Sin embargo, el número de pacientes que prefieren costear por su cuenta los seis millones del stent con fármaco va en aumento debido a la creencia generalizada de que es más efectivo.

Una creencia a la que hay que ponerle matices. “Tenemos que decantar la información y no usarlo de manera indiscriminada en todos los pacientes”, añade Mor. La cuestión no es sólo de costo; también es de salud.

EL PRIMER AÑO

Dos estudios publicados el último número de The New England Journal of Medicine demuestran que, al menos durante el primer año -en el que el peligro de un nuevo accidente es muy alto-, los stents medicados son seguros en pacientes con infarto agudo de miocardio que necesiten revascularizar sus arterias. Los ensayos han comparado durante 12 meses la evolución de un numeroso grupo de enfermos a las que se les implantaron los nuevos stents con otro que recibió los convencionales (no recubiertos de fármaco). En el primer grupo, unos pacientes emplearon un stent recubierto con sirolimus, un inmunosupresor, y el segundo, otro que incorpora el citotóxico paclitaxel. Ambas medicaciones ejercen un efecto antiinflamatorio. Los mejores resultados se obtuvieron con los portadores del sirolimus, que requirieron menos procedimientos de revascularización, un dato que no se observó entre los que recibieron el paclitaxel. No obstante, en ninguno de los estudios se detectaron diferencias en la tasa de mortalidad ni de trombosis entre los receptores de unas u otras mallas.

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